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jueves, 28 de diciembre de 2017

ACTOR(ES)


Un decálogo ético.

Primero. Comencemos por Aristóteles. El actor es un artista en la medida en que su trabajo es una técnica, una capacidad para producir algo que anteriormente no existía.

Segundo. “Eso” que anteriormente no existía es una variación poética consciente de su cuerpo-mente en el espacio y en el tiempo cotidiano, que produce, cuando está en escena, una variación poética en el cuerpo-mente en el espacio y en el tiempo cotidiano de un espectador.

Tercero. El actor no se define por representar —aunque pueda hacerlo—, sino por presentar. La representación no es más que un modo (virtuoso y vistoso quizás, pero no artístico) posible de presentación. El actor presenta un entramado de acciones originales que definen una cualidad dinámica y narrativa.

Cuarto. Por lo tanto el actor debe estar, no ser. Estar en el espacio y en el tiempo, en la escucha de sus imágenes internas y aquellas externas, en sus decisiones y construcciones, y en las de los que comparten el tiempo y el espacio con él. La actuación no es solo portadora de una referencia, es presencia. El ser en un actor es una consecuencia de su estar. Estar presente, aún invisible e inaudible, define la presencia de un actor.

Quinto. La presencia de un actor es consecuencia de su disolución en una práctica material diaria y profunda. Disciplina constante y silenciosa del cuerpo y de la mente que persigue, primero, conocer y dominar su instrumento para luego expandirlo.
Paradoja interminable del actor que rastrea su presencia más brillante en la humilde tarea de ausentarse poco a poco de sí mismo.

Sexto. El actor que en estado de labor consciente y constante busca la ampliación de sus perímetros siempre experimenta —explicaría un maestro local—. Reflexión: la experimentación en un actor no está, entonces, definida por la asociación banal y superflua a una forma o resultado pre-definido, sino por el desarrollo de su propio recorrido en su contexto socio-cultural.  

Séptimo. El actor es profesional, antes que por obtener una remuneración monetaria a cambio, por profesar sus propias expectativas (Del latín professionem, y este del infinitivo profiteri, pro “hacia adelante” fateri “confesar, proclamar”), es decir aquel que profesa o decide ejercer de manera pública algo que le pertenece.  Es inherente a este profesar, aprender a ser autónomo: ser mentor, motor y responsable de sus actos, más allá de (o justamente por) trabajar en una grupalidad o bajo las directivas de un director. 

Octavo. El actor moldea el espacio de su labor en el espacio concreto que lo rodea. En ese instante disipa la cotidianidad de dicha arquitectura. Habita y es habitado, y así ambos, sujeto y objeto, se transmutan.
Pero así como el actor prepara su cuerpo-mente para la acción, prepara el espacio que la contiene: limpia, ordena, ventila, ilumina para poder construir y destruir aquello que aprende, ensaya y/o crea. Acciones cotidianas y hasta banales pero que, más allá de su función pragmática, crean una disposición particular y diferenciada para la tarea.

Noveno. Así con el tiempo como con el espacio. El actor talla en un lapso cronológico, un tiempo diferente, de naturaleza cualitativa, para el tejido de sus múltiples acciones. Crea un presente total para su trabajo que tiene la potencia del mito si cada día se re-significan prácticas, ensayos y obras a partir de la conciencia del estar.

Décimo. Aclaraciones (quizás obvias). Este orden no define la jerarquía de los puntos esbozados. Donde digo actor, debe leerse actor/ actriz/ bailarín/ bailarina/ performer / artista escénico en general. 
A diferencia de la moral, que es un conjunto de normas establecidas en el seno de una sociedad, y que ejerce una fuerte influencia en sus integrantes, ésta ética surge como tal en la interioridad de mi trabajo, como resultado de mi propia experiencia y reflexión, y solo persigue presentarse como una crítica posible al tema planteado. 


Diego Starosta
Buenos Aires, diciembre de 2017.

Foto: Mauro Adrián Rossi

jueves, 23 de marzo de 2017

SUSTANCIA Y ACCIDENTE


 A propósito de la presentación del Odin Teatret en Buenos Aires en Marzo de 2017.*
 
El Odin Teatret como grupo, como enclave teatral o inclusive por fuera de las fronteras del arte escénico, es una anomalía. Un colectivo que desafía y ha desafiado siempre las teorías sociales más variadas sobre la labor en colaboración y el desarrollo de un grupo de personas en pos de objetivos precisos. Cincuenta y tres años de vida y una producción que supera, y en mucho, la labor meramente espectacular, son un tiempo y una tarea que impresionan; repito: una anomalía. Es una extravagancia también que tengan una historia de relación con nuestro país de más de 30 años, donde siempre han dejando una huella muy importante en cada generación con la que se relacionaron. Por supuesto estas anomalías no son producto del azar pero, por otro lado, las razones de esta presencia obstinada en el tiempo no son imitables ni reproducibles. No al menos en su mayoría. Por supuesto, la pequeña porción de esas razones que podemos ozar tomar, que nos han enriquecido, que aún lo hacen, alcanzarían para unas jornadas que podrían durar todo el año.
Mucha agua ha corrido ya bajo el puente, mucha información está disponible y no es mi intención aburrirlos y describir y repetir todos los aportes que este director y su grupo han hecho al teatro universal y a nuestro medio escénico en particular.  Y aunque así lo pretendiera, sería lógicamente imposible. Por eso mismo me gustaría resaltar solo un aspecto del legado que yo considero basal, además de un elemento central para pensar la actualidad de la relación del Odin con las nuevas generaciones.
Esta claro que el valor de todo lo elaborado con una artesanía impecable por este grupo, como ser espectáculos, demostraciones, trueques, talleres, ética de trabajo, escritos y aportes teóricos, modelo de organización, desarrollo económico, etc., es de una singularidad impresionante y ha sido siempre de un claro carácter político: el de un arte de lo colectivo.
Todo lo que el Odin produce y ha producido como consecuencia de esa “política”, yo lo observo en dos planos: sustancia y accidente, según terminología aristotélica, o si prefieren, esencia y superficie.
Podemos quedarnos sin ningún problema en la superficie, en el accidente y, como señalé más arriba, apreciar la singularidad de cada objeto elaborado por este grupo en sus diferentes soportes. De seguro, tendremos razones innegables para deleitarnos ya sea como espectadores, alumnos, lectores, investigadores, colaboradores, etc. Ahora bien, creo que es en el “atrás”, en las sustancias de esos objetos y de las acciones realizadas donde debemos mirar— por fuera de nuestro rol de espectadores—para aprehender y aprender algo que pueda enriquecer nuestro desarrollo particular en el contexto en el que nos desenvolvemos como artístas escénicos. Esto es, claro está, válido para cualquier circunstancia de aprendizaje. Siempre podemos observar y destilar algo de esta relación entre sustancia y accidente en los objetos con los que nos relacionamos. Sin embargo, creo que esa virtud de la mirada y de la razón es uno de los legados más potentes de Eugenio Barba y su grupo. En sus espectáculos, en sus demostraciones, en sus escritos, en los diferentes y variados ejercicios del training de sus actores, en sus acciones para la comunidad, en sus conferencias, y sigue la lista, siempre se puede recibir una sutil y potente brisa que está por detrás de la primera impresión. Un saber levemente escondido, que como en una buena pieza de teatro o en el desempeño atractivo de un actor, es lo que nos mantiene en vilo, gloriosamente inquietos y nos impulsa a emanciparnos de la pasividad.
Podemos copiar sus espectáculos, realizar sin parar sus ejercicios, repetir como loritos sus textos e intentar copiar su modo de organización, pero si no pensamos y no intentamos escudriñar lo que está por detrás, solo vamos a producir y re-producir gestos vacíos. Lo importante, repito, es que este principio se encuentra en lo que este director y su grupo teatral transmiten y han transmitido durante décadas. Me arriesgo a decir que es de lo más valioso y objetivo de su transmisión porque supera los conceptos de gusto, o de empatía o incluso de ética y de ideología. Pensemos sino en la “técnica de las técnicas” o en el “aprender a aprender” descrito por Barba, solo por citar algunos conceptos.
Muchos malos entendidos se han producido, creo yo, a lo largo de tantos años con las propuestas y con el conocimiento transmitido por el Odin Teatret como resultado de navegar solo en la “superficie”. Por ejemplo la idea de que existe un “teatro antropológico” o que existe una técnica barbeana, o que por practicar tal o cual ejercicio uno practica una forma particular de teatro. A pesar de que estos malentendidos pueden ser una consecuencia inevitable en la difusión de saberes, como ocurrió también con Stanislavsky, Meyerhold, Brecht o incluso con Ricardo Bartís más acá, no creo que haya que dejar de señalarlo.
Es por eso que tiene un sentido primordial rescatar este valor de la esencia por sobre el accidente presente en el legado del Odin, puesto que potencia la relación entre el saber de quien transmite y el saber de quien recibe. Propicia que la acumulación de experiencia de los maestros siga viviendo en el desarrollo singular de las siguientes generaciones y no en una repetición ciega que no hace más que distorsionar negativamente ese saber.
El Odin nos ofrece, y nos ha ofrecido siempre, belleza en la superficie y saber en la esencia. Deleitémonos con la belleza y aprendamos de la esencia. Invertir estos factores, creo yo, es destruir el legado y su presente.

Diego Starosta*
Buenos Aires, Marzo de 2017 


*Este texto fue presentado en el cierre de las Jornadas pedagógicas del Odin Teatret para alumnos y docentes de instituciones públicas de formación escénica.
Centro Cultural Recoleta de la Ciudad de Buenos Aires.
20, 21 y 22 de marzo de 2017.

*Diego Starosta es actor, director y pedagogo. Fundador y director de la Compañía El Muererío Teatro.
info@elmuererioteatro.com
www.elmuererioteatro.com

domingo, 27 de noviembre de 2016

LA SUPERFICIALIDAD




Los enunciados y contenidos de varias propuestas espectaculares y pedagógicas que circulan hoy en el “mercado” de las artes escénicas de nuestro medio, y que pomposamente se anuncian en ésta y otras redes sociales, son un ejemplo claro (allí donde podría existir la revuelta, la contra-cultura real) del funcionamiento efectivo de un capitalismo radical apoyado en la rueda interminable del frágil anhelo siempre insatisfecho.

Las reformas y las rupturas en el campo de la evolución histórica de las artes escénicas se han producido siempre como consecuencia de la relación y posición entre sujeto y objeto en un determinado contexto histórico-cultural. Podemos ahondar en el tema —aunque no es este el espacio para hacerlo— por ejemplo, desde un enfoque paradigmático (Khun) o desde la perspectiva del materialismo histórico (Marx). Las condiciones de producción, los medios y la organización del poder y las relaciones sociales, junto a la singularidad de los artesanos y artistas, han producido una historiografía resultado de movilizantes tensiones en la cual estamos inmersos y de la cual somos consecuencia.
Desde un punto de vista más estructural, la relación entre el canon dominante y el rupturista es lo que ha motorizado y desarrollado las transformaciones de los objetos producidos y de la manera de percibirlos. Por mucho tiempo, este proceso de oposición se ha mantenido gracias al cumplimiento de la función específica de los sucesos componentes. Es decir, los elementos cuestionados del modelo dominante de turno, eran puestos en crisis por una opción (paradigma o enfoque) que proponía una posibilidad de ruptura real, de diferencia.
Sin embargo en el SXX, y más allá de la rica historia en este sentido, comienza a afianzarse luego del periodo de las llamadas vanguardias históricas, y en consonancia con la configuración de la crisis de la modernidad, la capacidad del sistema capitalista de fagocitar las resistencias a su lógica. En el campo del arte, el margen (la periferia), comienza a ser integrado como nunca antes a la rueda del mercado y sus características a ser explotadas como eficaces argumentos de marketing.

En nuestro medio y en la actualidad, la desmesura en la búsqueda de novedad o ruptura con respecto a los supuestos modos convencionales (digo supuestos porque muchas veces ni siquiera se los identifica), genera, paradójicamente, una “contra-cultura” que es totalmente funcional a la dominante puesto que, a esta altura de la historia, la polarización es una acción dominada y usufructuada con mucha eficacia por el sistema capitalista. La revuelta ciegamente opositora a los modos convencionales, es integrada, sin que —quizás sea esto lo más significativo— la “vanguardia iluminada”, muchas veces, siquiera lo note.    

Propuestas pedagógicas y espectaculares (con sus brillantes sistemas comunicativos) entramadas y organizadas con una rutilante puntada pero de frágil coherencia y articulación técnica, invitan a recorrer experiencias únicas y por sobre todo “nuevas”, “contemporáneas”.
Pareciera que la meta es la mera originalidad —la pomposa y glamorosa originalidad—, anhelada, instaurada y valorada en sí misma.
Lo que puede ser —y es— resultado de un proceso extenso y variable, se define, muchas veces, por la apurada instalación superflua y gratuita de fetiches: palabras, acciones y premisas clausuradas en su sentido y resonancia por el desgaste producido por una repetición ciega e irreflexiva. De manera similar a como funciona la lógica de la necesidad creada en el mercado de consumo de bienes materiales, las cáscaras de lo “nuevo” se instalan y los resultados formales y expresivos se clausuran en el modo de los hacedores y en la percepción del espectador.  
La oferta corre atrás de una demanda cada vez más insaciable de “novedad” pero incapaz de comprensión, y responde pasivamente con un discurso (palabras, términos, conceptos y acciones in) que se pretende radicalmente renovador pero que, por su abono a este ciclo de consumo desmesurado, se vacía de contenido. La profundidad que requiere el trabajo sobre cualquier objeto escénico singular se diluye en la horizontalidad fofa y extendida de la superficie de algunos conceptos y recursos atados con alambre: un poquito, muy poquito, de todo bien misturado y sazonado con las especias de moda que traen los “adelantados” de turno.
Una pedagogía y un hacer instalados en la seducción del discurso (con las infaltables vedettes y primeras figuras), y no en la promoción autogestionada, responsable y humilde de la experimentación artesanal del ejercicio (en sus planos técnico y ético) profesional.    

Hoy se aplaude con todo derecho pero sin mucha crítica, a alguien contando sus experiencias privadas o la vida privada de cualquier otro/a, apelando a la empatía emocional, al igual que sucede en las formas de comunicación cotidianas; a espectáculos cambalache construidos con los fetiches de turno como un micrófono, una pantalla más un poco de cumbia y/o reggaeton y un poco de realismo exacerbado en el desempeño actoral cuando la realidad nos muestra un collage de estímulos sin relación; a un muchacho que le dice a los espectadores de manera muy trash lo malo que es el capitalismo en un teatro de Palermo, Almagro o Boedo, donde una población de panza llena se va, luego, a cenar por $200 como mínimo por cabeza después de haber pagado por la entrada $150 como mínimo por cabeza; a la mixtura de lenguajes porque sí, así como en el día a día hacemos muchas cosas porque sí; a espectáculos que plantean que el arte nos salvará de “la agonía del Eros” cuando el discurso fotográfico del flyer y de las redes sociales es el de Calvin Klein (aunque claro está, Calvin se lo afanó antes al gran Mapplethorpe); a una manifestación escénico-política con buenas intenciones pero con ideas revolucionarias y “deseosas” importadas de Italia, con formas y procederes importados de Alemania y mezclada con la arenga política de los últimos 12 años enquistada en un póster desvirtuado de los 70´s, haciéndole el juego a los mismos salames de globitos amarillos que pretenden resistir;  a la violación reiterada del concepto de performance para justificar unas entretenidas pero, al fin y al cabo, simples estudiantinas. En el campo pedagógico, por ejemplo, se ofertan y se asiste a talleres y propuestas pedagógicas varias que plantean una dudosa “revolución del cuerpo” porque se dieron cuenta ahora (aunque es más viejo que Magoya) que el teatro no era solo el texto literario y la expresión emotiva y empática; y que, además, el desempeño de ese cuerpo escénico en cada época, responde al contexto histórico social y a algunos principios que lo atraviesan. 

Para las propuestas y acciones pomposas y desmesuradamente anhelantes de novedad (en espectáculos y talleres), la legitimación es cada vez más veloz puesto que la instancia de reflexión es cada vez más lenta. Los espejitos de colores siguen funcionando. Se corre atrás de títulos, frases, conceptos y hasta ideologías (que no dejan por esto de ser valiosas) para mantener llena la góndola de ofertas y captar mejor a los “consumidores” solo por el atractivo de sus superficies. No hay tiempo para la profundidad porque mañana habrá que instalar otra novedad con selfie incluida y copyright de “adelantado”.

Es un problema táctico, no estratégico. La estrategia de oposición del arte a la cultura dominante se puede sostener, si eso es lo que se pretende, pero la táctica esta equivocada. Quizás la oposición a un sistema cultural dominante cada vez más aceitado no puede prosperar hoy desde una reacción de oposición formal radical puesto que en el momento que se instala y se determina el valor de producción del objeto periférico, es rápidamente incorporado, utilizado y descartado. Quizás sea éste un momento para que el disenso con la convención o la acción precedente sea de intercambio y no de ruptura. La ruptura aniquila y produce una polarización. El intercambio, por establecer claramente ambos polos de la comunicación, impide la licuación del y de lo otro
Quizás lo “contra-cultural” hoy en las artes escénicas sea revalorizar el relato pero no solamente desde el punto de vista argumental, sino, principalmente, desde la perspectiva que atañe específicamente a lo formal.
Quizás la manera de desplazar la “escenificación” que le arrebataron al arte escénico no sea a partir de invertir la ecuación, esto es, cotidianizar el escenario, sino duplicar la potencia de lenguaje singular y de verdad de la ficción para deshacer la hipocresía del obsceno relato ficcional de la realidad (socio-político-cultural). Solo quizás.
Lo que está claro es que la revuelta es deglutida una y otra vez, y el medio escénico, en términos de novedad, está domesticado. No es esto necesariamente un problema en sí mismo. El problema es no visualizarlo y sostener con burbujitas la espuma soberbia y canchera de la superficie.

Diego Starosta
Buenos Aires, noviembre de 2016


domingo, 19 de junio de 2016

OBSTRUCCIONES

Las posibilidades del límite en el trabajo técnico del actor.

Sabemos que el todo nunca esta estático, que siempre se encuentra en estado de movimiento. El todo es ese movimiento; el todo es la evolución y el progreso de un sistema vivo en su proceso de desarrollo. ¿Cómo ocurre dicho movimiento y por qué? ¿Cuáles son los patrones que le dan forma? Dicho movimiento no es un caos arbitrario. Si nos alejamos y observamos a través de los distintos casos visibles de cambios podremos comenzar a ver el patrón que forma la dinámica. Dicho de otra manera, lo que no cambia. ¿Cuál es la naturaleza de lo que no cambia? (1)
 
Cada uno tiene sus taras, sus obsesiones. Entre las varias de distinto calibre con las que cuento en mi haber está la referida a la relación entre la esencia y el accidente. Es decir, entre la estructura, muchas veces invisible, de los objetos y los hechos, y su manifestación singular en el mundo. Me interesa el “atrás” de las cosas, aquello que es regular en lo distinto. Las artes escénicas en general y el teatro en particular, son un campo fértil para esta especie de obsesión que, además, ha signado mi trabajo como actor, director y docente. De hecho, creo que todo lo escrito hasta aquí— desde los relatos de los procesos creativos de las puestas que he realizado hasta los textos técnicos más generales— estuvo motivado más por la inquietud de dar cuenta de lo que se reitera que de lo que es singular. El presente escrito no es la excepción. ¿Será porque creo que no hace falta remarcar la singularidad en tanto que inevitable en un mundo con diversos individuos y procesos?. Puede que en esa pregunta esté la respuesta más acertada, no lo sé con claridad. Simplemente me interesan los elementos y modos de un proceso comunes que estructuran y motorizan los distintos objetos.     

Uno de los procedimientos que ha definido mi hacer como actor, director y docente teatral, es  la utilización intencionada del límite, entendido como impulsor, como herramienta de conocimiento y creación en el campo de la actuación. 

En las artes escénicas, la “acción”, en todos los planos del desarrollo de un objeto —desde el gesto más pequeño de un actor hasta el entramado general de una obra—, se define por una naturaleza de oposición complementaria. (2) 
El avance, la progresión dramática, se produce por la diferencia de intensidad en un juego constante y variado de fuerzas en pugna. La acción—así como los cuerpos y los objetos— en términos generales nos atrae, nos “entre-tiene”, debido a esta interacción de tensiones que es, como mínimo, dual. El desarrollo de una acción (aún en lo que podríamos llamar una acción estática) sin oposición desaparece porque desaparece el conflicto que la define.  Muchas veces se entiende o se tiende a destacar este “conflicto” sólo en el nivel temático (en el sentido) de las acciones de los actores, del soporte literario o de cualquier otro plano de un espectáculo, pero esta tensión ya existe o puede existir en los materiales que produce el actor y en todo el sistema formal de una puesta. De hecho, la singularidad “teatral” en un objeto escénico y en sus diferentes estratos, está definida por los sistemas formales que la configuran y no por el contenido que transporta, el que, por supuesto, ocupa un lugar de relevancia pero no como materia específica y exclusiva de la escena.      

Un elemento en la base de esta tensión esencial es la obstrucción. Un motor simple pero preciso que pone a funcionar impulsos que alteran o re-organizan un sistema y, por lo tanto, la percepción de quienes lo observan.       
La obstrucción crea una oposición y en esta interacción de fuerzas los cuerpos cambian, crecen y se desarrollan. Los opuestos no combaten, se complementan entre si. El contraste permite el movimiento y la manifestación viva de la energía.
La obstrucción es una herramienta, y por lo tanto una bella posibilidad que plantea el límite sólo por el hecho de hacerse visible, por ser referencia, punto de partida. Es la piedra basal de la construcción que define el acto creativo.
En el trabajo del director con el actor o del docente con el alumno o del actor sobre sí mismo, la obstrucción es necesaria para que en su des-hacerse pueda destilarse la materia viva y sus resonancias afectivas: el cuerpo presente del actor y su resultado expresivo.
Diseñar la obstrucción es un acto creativo en sí mismo pero si ésta no es atravesada, la creación se anquilosa, pierde su condición de acto y el cuerpo del actor y sus reverberancias mueren. Si no se compone un campo polar, la tensión cae y, con ella, la vitalidad del cuerpo en cuestión. Desde un punto de vista radical pero efectivo como sostén conceptual, no hay creación, práctica ni aprendizaje en un cuerpo-mente totalmente libre, porque ahí la potencia es el todo y por lo tanto, la nada.
Esta concepción que desde algún punto de vista puede parecer un impedimento, no sólo no desecha la libertad constructiva y sus resultados expresivos sino que por el contrario, la provoca a partir de una operación dialéctica: al establecer y cercar la referencia, desnuda la potencia infinita de todo acto inicial constituido. En otras palabras, ilumina la posibilidad de existencia de todo aquello que aún no podemos percibir ni imaginar.

Una obstrucción técnica y constructiva es aquella en la que el director o el docente proponen al actor o al alumno —o un actor en el trabajo sobre sí mismo— y en el marco de una actividad determinada, límites físicos y operativos, que al ser sorteados, impulsan el desarrollo de las capacidades cognoscitivas generales así como respuestas eficaces destinadas a una labor escénica específica.
Paradójicamente la función de estas obstrucciones no es impedir sino extender, a partir de diferentes bloqueos dirigidos, las fronteras del actor para consolidar nuevos y diversos caminos en su trabajo. 

El proceso de bloqueo, de limitación de todos o ciertos componentes de la acción, es fundamental para la superación de la misma, para su “crecimiento”, y requiere claridad y precisión al inicio de la tarea y en las subsiguientes etapas. Cuanto más detallado y circunscripto pueda ser el estimulo planteado, más efectivas y amplias serán la respuestas obtenidas.  

En la práctica esta herramienta puede tomar diversas formas: puede ofrecer como destilado una poética singular, ya sea para un lenguaje o dispositivo completo de actuación, para un fragmento de escena o secuencia o tan solo para una simple acción.
La obstrucción formaliza un camino, uno que inclusive podría no ser el buscado, pero propicia una reacción, un resultado expresivo singular.
La obstrucción se enmarca en una lógica de proceso y no de resultado. Los bloqueos son estímulos que producen una respuesta-materia que es modelada y re-modelada por límites subsiguientes. Estas respuestas tendrán siempre la cualidad dinámica esencial correspondiente a la resolución al estímulo elegido.
El objeto producido es entonces una acumulación de resoluciones generadas por las resistencias propuestas (fisiológicas e intelectuales) que definen y constituyen la potencia cualitativa sobre la que se desplaza el contenido general del desempeño del actor. 

Algunos ejemplos: una de-limitación espacial precisa para un actor en un ensayo, improvisación o ejercicio, es una obstrucción, la determinación de imposibilidad de uso de una o más partes del cuerpo también lo es (y, en este sentido, uno o más individuos sujetando algunas zonas corporales de un actor puede ser la obstrucción más explícita); una prenda de vestuario ajustada e incluso incómoda puede ser un puente maravilloso como así también una holgada; la relación con un objeto y su peso, su forma y su textura; pensar y accionar en el tempo de una música determinada o accionar siempre a contratiempo del mismo estímulo sonoro; una tonalidad, un timbre, un gesto o una articulación vocal muy específica puede construir mundos inmensos sólo a partir de bloquear con su presencia la emisión “normal” de un actor/actriz; entre otros. 
Una obstrucción puede presentarse de manera material, como las recién descriptas, o en forma de imagen, como estímulo del pensamiento: la sola idea de una tormenta de viento, por ejemplo, puede provocar una resistencia ficticia pero verdadera en el avance de un cuerpo que restaure de manera efectiva las fuerzas que se ponen en juego en la situación real, lo que sin duda le va a dar a ese avance una calidad dramática muy definida.
Los ejemplos físicos que presenté más arriba pueden operar también solo como estímulos concretos del pensamiento para propiciar re-acciones materiales verosímiles.
Lo que aquí denomino obstrucción del pensamiento no es otra cosa que lo que en el arte escénico constituye un concepto de base más allá de géneros, estilos o técnicas: la imagen interna que sustenta la acción externa. De todas maneras, no esta de más intentar una distinción en este aspecto del accionar de un actor y señalar que allí la lógica de la obstrucción también se distingue de otras.    

Es importante aclarar que todos los estímulos materiales o intelectuales a los cuales me refiero están destinados a crear una referencia concreta y precisa para que la acción—del tipo que sea— resulte viva y verdadera independientemente de que el espectador decodifique o no el sentido de la acción producida. En este punto el valor está puesto en la eficacia dinámica de la acción y no en su significado. 

Las posibilidades son infinitas y no intento aquí una enumeración extensiva sino más bien un señalamiento cualitativo. No interesa tanto cuáles y cuántas obstrucciones pueden operar en un cuerpo-mente sino que las mismas sean precisas, concretas y que propicien un sistema des-equilibrado de fuerzas para que el objeto avance aun en una quietud aparente. Un sistema (un cuerpo, en este caso) y la resultante de sus operaciones— las acciones físicas, las vocales, las intenciones, las variaciones del tiempo y del espacio, la narración en general — que estén equilibrados en cuanto al valor de sus fuerzas y consecuentes tensiones, perderán dinamismo y capacidad de atracción. No progresarán si en ellos no hay una relación de intensiones opuestas y complementarias.

Al inicio, en el período de aprendizaje de un actor la demanda y el esfuerzo intelectual para aprehender estos conceptos y volcarlos en el trabajo práctico son muchos y arduos. El pensamiento mismo parece a veces constituirse en una obstrucción difícil de sortear pero la práctica constante y una repetición creativa comienzan pronto a allanar el camino. El pensamiento(3) empieza a fluir entre la intención y la respuesta material producida. Las acciones, construídas sobre la base de una obstrucción material o intelectual, se definen así como resultantes de una relación y no de un impulso unilateral, lo que les confiere un valor dramático esencial. El actor comprende que no se trata de ser sino de estar en escena y que hacerlo de una manera viva y presente depende de esta concepción dialéctica en el uso de las fuerzas y las intenciones.     

Existe también otro tipo de obstrucción, que si bien no la considero de carácter técnico, forma parte, muchas veces, de los procesos de trabajo. Me refiero a aquella obstrucción de carácter represivo, disruptivo, producida mayormente por las dificultades para lidiar con las diferencias entre los involucrados en un transcurso creativo o pedagógico.
Aquí el bloqueo interrumpe el primer impulso, y por lo tanto su potencial. Las  razones pueden ser muchas, variadas y difícil de dilucidar. 
Por supuesto que estas obstrucciones de corte son inherentes a cualquier proceso artístico y en muchas oportunidades son utilizadas como provocaciones efectivas por las personas involucradas.
Sin embargo, en esos casos, la eficacia de ese estímulo comienza a depender —y mucho—de las características psíquicas y culturales de los interlocutores y por consiguiente, el poder del modo de obstrucción, como herramienta técnica general, comienza a relativizarse y a perder valor objetivo.  
No estoy negando el valor y el peso de la subjetividad (y de todos sus aspectos) en un proceso pedagógico o creativo, pero dado que la totalidad de la singularidad es una condición inevitable e inobjetable que se va a manifestar en todos los niveles del comportamiento de las personas, es atravesando mecanismos técnicos y objetivos donde, creo yo, la singularidad individual va a afianzarse en una dirección escénica contundente. De otro modo, la auto-referencia tiene campo fértil para impedir la superación de aquellos comportamientos individuales que interrumpen el trabajo de forma negativa y, como consecuencia, de los diferentes estadios de un proceso.

Con lo descrito hasta aquí estoy solamente señalando el valor y las posibilidades de utilización conciente de este factor. Es claro que el resultado de la obstrucción, en términos generales, es inherente al trabajo general del actor. Lo que describo en este texto no es otra cosa de lo que llamamos muchas veces retención: la dosificación energética necesaria para que lo expresado se presente con una densidad que atrape, que cautive la percepción general y sutil de quien observa.
La obstrucción es, entonces, en primer término esencia —condición necesaria— y luego herramienta. La obstrucción construye. He aquí la simple paradoja y esa paradoja resulta uno de los pilares donde se apoyan las artes escénicas para generar las tensiones que dan vida a una obra y que movilizan al espectador. 
El teatro— o la experiencia del teatro— es, entre otras cosas, una movilización de un estado a otro, un corrimiento de la cotidianidad, es decir, un bloqueo, para poder re-dimensionar, cada tanto, el valor de nuestra experiencia vital.  


Diego Starosta
Buenos Aires, Junio de 2016.

Gracias a Carmen Campanario por su valioso aporte. 

Notas

(1) KAPLAN, ALLAN. Artistas de lo invisible. ED. Antroposofica. Buenos Aires. 2015. Pág. 105 
 

(2) En realidad, en todos los ámbitos de nuestra vida, es muy posible que todo aquello que llama la atención de nuestra percepción se deba a la ruptura del equilibrio o de la simetría general, producto del medio socio-cultural en el que nos hayamos desarrollado, que organiza nuestra existencia.
 

(3) Mucho se ha menospreciado y se menosprecia el lugar del pensamiento en el trabajo del actor. Mucho se ha vinculado y se vincula el valor de un resultado expresivo positivo con el no pensamiento. Mucho se le ha machacado al pensamiento como impedimento para una actuación viva y “espontánea”.  Creo que esto responde a una desgastada y vetusta idea del artista forjada en otra época pero muy arraigada aún hoy en nuestra contemporaneidad. Concepción que presenta, por lo general, resultados catárticos innecesarios. Desde mi punto de vista, el actor por el contrario, funda su potencia y riqueza expresiva en un pensamiento constante y preciso durante toda su performance. En todo caso, se podría discutir acerca de los diferentes niveles de atención que ocupa y atraviesa una determinada idea o impulso racional en el proceso global de la performance de un actor en situación de actuación.






viernes, 25 de diciembre de 2015

RUMBO E INTENCIONALIDAD EN MI LA LABOR DE DIRECCIÓN


En cualquier objeto teatral el “todo” es más que la sumatoria de sus partes, pero para arribar a ese “todo” solo puedo hacerlo a través del entramado de los diferentes planos y niveles dramatúrgicos que lo producen.
Pienso en la dirección escénica o en la tarea de dirección, como la labor que tiene el objetivo de organizar y/o crear las relaciones necesarias y particularmente coherentes entre estos diferentes planos y niveles dramatúrgicos con el fin de construir una obra escénica.  
Cuando utilizo el término dramaturgia o dramatúrgico, no me refiero únicamente al plano del texto escrito o literario de una pieza:  

La palabra texto, antes que significar un documento hablado, manuscrito o impreso, significa tejido. Todo lo que se refiere al tejido del espectáculo, puede ser definido como dramaturgia; es decir drama-ergon, trabajo, obra de las acciones. La manera en que se entretejen las acciones, es la trama.(1)

La esencia de los objetos que produzco se desprende de un modo operativo, referido a la composición, que se podría resumir en la noción de estratificación. Esto significa pensar, crear y operar sobre el objeto desde el reconocimiento y la definición de los estratos que lo componen. A partir del  descubrimiento y definición de las lógicas singulares de cada plano puedo generar las herramientas para trabajar luego sobre la composición general.
Lo que persigo con esta individualización de “las partes” en el proceso de creación, es poder profundizar en cada una de ellas para desplegar un juego de tensiones con el objetivo de mantener viva la percepción total del espectador a partir de una multiplicidad simultánea de estímulos.
Esta modalidad operatoria implica, por supuesto,  una “ecualización” de los diferentes planos, que juega un rol determinante en el resultado de una obra, y que a mi entender, es el aspecto que termina definiendo su naturaleza poética y su especificidad escénica.

Sobre la base de estos fundamentos, los diferentes planos escénicos son las acciones, o conjunto de acciones:  las acciones físicas y vocales de los actores, los ruidos, los sonidos, las luces, las transformaciones espaciales, las distintas caras de una situación, los arcos de tiempo entre dos acentos de una puesta, la evolución de un acompañamiento musical, las variaciones de ritmo y de intensidad, los objetos que se transforman adquiriendo distintos significados o distintas tonalidades emotivas, las relaciones e interacciones entre los personajes, entre los personajes y las luces, los sonidos, el espacio, etc. De todas formas, lo que importa no es poner de manifiesto cuantos y cuales son los conjuntos de acciones (o planos) sino que éstos son operantes cuando están tramadas entre sí: cuando se convierten en un “tejido”.
Los niveles de organización dramaturgica que operan en un espectáculo son tres: el dinámico, ligado al cómo de los sucesos; el narrativo, vinculado con el qué, con el significado, y el evocativo, producido por el mundo de representaciones propio de cada espectador
Trabajar sobre la dirección escénica es, entonces,  operar y reflexionar continuamente sobre la lógica particular y la manera en que se “entretejen”  los diferentes planos escénicos y niveles de organización dramatúrgica.

La intencionalidad de mi trabajo como director ha estado guiada siempre por el deseo de construir un objeto escénico a partir de esta concepción de estratificación recién señalada. El rumbo de mi trabajo como director ha sido marcado y definido por la convicción de desarrollar esta tarea en el marco de una continuidad posibilitada por un proyecto constante como es, en mi caso, la compañía El Muererío Teatro, que fundé y dirijo hace mas de 18 años.

Nicolas Bourriaud, en su libro Radicante (2) , plantea, dentro de un análisis que se organiza en torno a los problemas del multiculturalismo, la posmodernidad y la globalización cultural, la noción de sujeto radicante: término extraído de la Botánica que designa un organismo que hace crecer sus raíces a medida que avanza., y en contraposición a la idea de raíz, radical, presente en los manifiestos artísticos (o políticos) de la modernidad. 
Bourriaud define el Ser radicante:

Poner en escena, poner en marcha las propias raíces en contextos y formatos heterogéneos, negarles la virtud de definir completamente nuestra identidad, traducir las ideas, transcodificar las imágenes, transplantar los comportamientos, intercambiar en vez de imponer…Tal proceso de obliteración pertenece a la condición del errante, figura central de nuestra era precaria, que emerge y persiste en el seno de la creación contemporánea.

Al avance de mi accionar en el territorio del arte escénico como director, materializado mayormente en la praxis con mi compañía a los largo de todos estos años, lo defino radicante. Mi teatro y mi ejercicio con la dirección fueron y son construidos a cada paso. El Muererío Teatro encarna una identidad singular pero una que se ha definido hasta ahora, y se va definiendo, en el hacer y en el andar: Las raíces existen pero, como señala Bourriaud, están puestas en marcha y confrontadas con los elementos propios que acarrea cada nueva experiencia que surge en el seno de la compañía, cada objeto que encara y arroja esta máquina impulsada por energía humana.(3)
El modo de mí accionar en el campo de la dirección, ha producido obras de características diferentes. Sin embargo, estas piezas no han sido más que instalaciones momentáneas (traducciones) de una esencia que se manifiesta en acto y que existe solo en el recorrido. Aparece la paradoja: existe “un algo” sustancial en mi labor como puestista, un núcleo primordial definible, distinguible en cada objeto creado, pero esa sustancia esencial solo se define a partir de la puesta en marcha y la sucesión de acciones y reflexiones producidas.
Dice Bourriaud:  

La traducción es, por esencia, un desplazamiento: hace que el sentido de un texto se mueva, de una forma lingüística a otra, y manifieste estos temblores. Al transportar el objeto del que se apropia, sale al encuentro del Otro para presentarle algo ajeno bajo una forma familiar. (4)  

De esta manera, cada objeto producido es una traducción de una sustancia esencial que adquiere diversas formas debido a los accidentes circunstanciales.(5)
Esta traducción en maniobra constante a partir de la relación entre una continuidad casi obstinada y la atención sobre los momentos y espacios contingentes y coyunturales son las bases de mi trabajo y es lo que define mi desarrollo como director teatral.  

Diego Starosta
Buenos Aires, Junio de 2015


TEXTO LEIDO EN OCACIÓN DEL PANEL, PERSPECTIVAS RECIENTES SOBRE LA DIRECCIÓN TEATRAL, ORGANIZADO Y COOORDINADO POR LOLA PROAÑO GÓMEZ Y GUSTAVO GEIROLA PARA EL WHITTIER COLLEGE DE LOS ANGELES, CALIFORNIA, EN LA UNIVERSIDAD METROPOLITANA DE LA CIUDAD BUENOS AIRES EL 25 DE JUNIO DE 2015.

(1) Barba, Eugenio y Savarese, Nicola, El arte secreto del actor, Ed. Escenología, México, 1990.
(2) Bourriaud, Nicolas (2009). Radicante. Adriana Hidalgo Editora. Buenos Aires.
(3) Oliver, Mauro. (2006) Inédito.  
(4) Bourriaud, Nicolas (2009). Radicante. Adriana Hidalgo Editora. Buenos Aires. Pág. 60 
(5) Me refiero aquí a la acepción aristotélica del concepto de accidente.
Aristóteles. Metafisica. Editorial Espasa Calpe, Madrid (1997) Pág. 166

miércoles, 22 de julio de 2015

CORRER Y PENSAR / PENSAR Y ACTUAR

Reflexiones comparadas sobre el oficio del actor.

1. A modo de calentamiento


Corro. Casi desde siempre. Corro por placer claro, por gusto. Desde que tengo 15 años. Desde que mi primo Federico me inspiró a hacerlo. Un lunes me dijo:
“Hay una carrera el fin de semana, ¿venís?”. Comencé a correr el martes y el sábado siguiente completé, no sé cómo, los diez kilómetros del evento. En fin, así, de la nada, comienzan muchas cosas, o al menos así me lo cuento a veces, porque quién sabe qué largo y “subterráneo” camino realiza una idea, “un impulso”, hasta el preciso momento en que se manifiesta en el mundo visible. La cuestión es que corro desde hace mucho tiempo; desde antes de que el “running” se convirtiera en una de las estrategias de marketing más exitosas de la historia para vender todo tipo de artículos relacionados y no. Mucho antes de dedicarme al teatro ya gastaba zapatillas en el cemento y en los parques porteños. He corrido desde 10 a 15 km diarios a modestos 3 o 4. En los últimos años, he pasado períodos sin hacerlo por dolores de espalda pero en mi imaginación, quizás por negación, nunca paré. Corrí en mis últimos años de secundaria, como “Forrest Gump”, para transportarme de un sitio a otro de la ciudad y de una manera muy peronista: del colegio al trabajo y del trabajo a casa. He corrido los 42 km del maratón y muchas carreras cortas de hasta 15 km sólo por el placer de hacerlo.
Corrí de mañana, muy temprano, de tarde, por las noches y hasta de madrugada detrás de un camión recolector de basura en un tiempo en que disfruté profundamente esas mini carreras laborales y nocturnas.
Corrí aun cuando un maestro me preguntó para qué corría, si, según él, debía hacerlo sólo cuando tuviera que escapar de algo. No lo contradije porque muchas veces lo hice para, efectivamente, huir de algo, pero en fin… ése ya es otro tema.
Siempre practiqué muchas actividades físicas —no sólo deportivas— y encontré en el correr una muy simple y autónoma. No hay más que ponerse un par de zapatillas y salir por ahí. No se necesita nada más, ni siquiera un rumbo. Conocí y transité así, durante los viajes, por ejemplo, diferentes lugares: ciudades, pueblos, barrios. Hice amistades corriendo, una de ellas muy importante en mi vida. Todo esto sin contar que justamente por su simplicidad mecánica, por su condición repetitiva (más allá de las variaciones posibles de factores externos e internos) correr propicia, de una manera muy precisa, un estado cuasi meditativo que devela, si uno está despierto, la esencia de la relación cuerpo-mente y su injerencia en las diferentes actividades de la vida.
 

2. La partida
 
Para quien escribe, una de estas “actividades de la vida” es el oficio de actor. Como en casi todas las técnicas de comportamiento (de uso cotidiano o no, artísticas o no), en el “running” se observa una estructura de funcionamiento provocada por unas variables determinadas que podemos analizar, revalorizar y utilizar como herramientas para una actividad distinta de la original: en este caso particular, la labor actoral.
Cuando comencé mi formación como actor, la comprensión de ciertas analogías entre diferentes técnicas y objetivos de comportamiento, no exclusivamente escénicos, fue fundamental para mi búsqueda. Siempre pensé que la mejor manera de desentrañar un objeto es a través de otro. La estimulante necesidad de asociación y la observación múltiple son recursos muy potentes para el desarrollo del conocimiento, además de ser, por otro lado, estrategias muy teatrales. Efectivamente, como actor o director de teatro, lo que intento es despertar la atención del espectador a partir de la vinculación entre diferentes temas y formas. La esencia de lo dramático se define en la “tensión” entre elementos que al componerse (con-ponerse, ponerse juntos) producen uno nuevo.
Correr no es actuar. Los sucesos que acaecen en el accionar de un actor son muy variables y diversos; correr es una actividad, en un sentido, de complejidad menor. Sin embargo, podemos ponerla bajo la lupa para comprender ciertas cuestiones referidas al trabajo actoral, tanto en el entrenamiento como en la performance escénica.

3. Primeros kilómetros: correr

  
Cuando uno corre, y lo hace con una cierta conciencia, no está sólo ejercitando el aspecto biomecánico de tal acción. Mejor dicho, la acción de correr no existe como posibilidad independiente de un desarrollo intelectual relacionado, necesario, re-elaborable y re-utilizable. 
Correr es una actividad que existe en nosotros como posibilidad natural dada por una estructura neuro-psico-motora preparada para ello. Pero esta acción está construida y condicionada en el marco de una cultura y, como toda acción de nuestro comportamiento, es desarrollada como técnica específica, tengamos o no conciencia de ello. En términos generales, nuestro comportamiento cotidiano no requiere de nuestra conciencia en un nivel máximo constante porque tenemos muchísimas respuestas neuro-motoras incorporadas. Sin embargo, es importante resaltar que esos mecanismos se aprendieron y aprehendieron en algún momento de nuestro desarrollo, y por consiguiente, todo nuestro comportamiento es el resultado de una técnica que abarca, además, muchas otras singulares. Nuestro comportamiento cotidiano no es otra cosa que una técnica específica generada e incorporada a partir de nuestras características genéticas individuales y las sociales contextuales en sus diferentes grados. Dicha técnica incluye, por supuesto —y esto es acaso uno de los puntos más importantes de nuestras diferencias con otros seres vivientes— la posibilidad de modificarla, desarrollarla y re-aplicarla a otras circunstancias y necesidades.                            Al realizar esta acción, mejor dicho, esta secuencia de acciones (pues correr no es una acción sino la concatenación de n acciones unitarias y repetidas) de manera consciente, estamos, en primer término, conociendo nuestra técnica individual. Esto es, estamos re-conociendo cómo apoyamos los pies en el piso con relación a la posición de la cadera, qué distancia hay entre apoyo y apoyo, cómo flexionamos las rodillas, cómo distribuimos el peso, cómo contrabalancean los brazos el trabajo de las piernas, cómo trabajan nuestros hombros, cómo se mueve la cabeza, dónde miran nuestros ojos, cuál es la tonicidad de los diferentes grupos musculares involucrados, cómo se organiza nuestra respiración en relación al ritmo, entre otros elementos de esta acción. 
En segundo término, y como consecuencia de dicho re-conocimiento o re-flexión, fruto de la conciencia, podemos dar el primer paso para poder utilizar esta técnica adquirida y producir así una segunda culturización, es decir un aprendizaje de segundo orden: al reconocer las variables de distinto nivel que conforman una acción o un grupo de acciones de un comportamiento determinado, podemos operar sobre ellas para modificar la técnica según necesidades e intereses diversos. Así, se puede alterar los elementos que describí más arriba. Por supuesto, pude haberme olvidado de alguno pero lo importante es saber cuáles son los que identificamos para producir las variantes buscadas. Entonces, estas alteraciones de los elementos formales constitutivos de la carrera, más las variables de tiempo y espacio (aplicables a todas las formas) producen una o varias “nuevas” maneras de correr.               Este ejercicio consciente de reconocimiento primero y su alteración (casi una composición) después, es el que comienza a develar, entre otras cosas, que el trabajo corporal entendido en su complejidad y complementariedad, produce por sobre todo un desarrollo intelectual referido a la acción realizada pero además puede operar como modelo para el aprendizaje y la incorporación de contenidos y objetos distintos. “Todo está en todo”(1) diría el maestro.      No descubro nada nuevo (aunque no está de más recordarlo) si propongo considerar que el desarrollo intelectual de una persona está muy relacionado con su desarrollo sensoriomotor enmarcado en las técnicas de comportamiento, cotidianas y especializadas.(2)  

4. Un poco de agua: condiciones generadoras y resultante material

Ya sea que corramos con nuestra técnica incorporada en primer orden o con una de segundo o tercer orden, la conciencia y la operación sobre las variables cualitativas y cuantitativas (tiempo y espacio), son las condiciones generadoras de la carrera. Las consecuencias observables y percibidas (por uno mismo o por uno o más observadores externos) del funcionamiento de estas condiciones son la resultante material.
Correr es una unidad y tanto las condiciones generadoras como la resultante material no existen de forma separada sino que las primeras están comprendidas en las segundas, pero podemos diferenciarlas para entender algo que considero importante: no se puede operar desde la voluntad sobre la resultante material; el trabajo del corredor en el entrenamiento o en una situación de competencia es concentrarse en las condiciones generadoras. No podemos decir “quiero correr de tal o cual forma” y hacerlo; no podemos arribar al resultado biomecánico, estético y emocional que producimos, sólo desde el deseo o la idea de hacerlo. Lo que sí podemos hacer —y de hecho hacemos— es traducir esa idea o “deseo” a un campo concreto y operar con las variables cualitativas y cuantitativas de manera consciente. Nuestro trabajo posible está en la generación de las condiciones necesarias para que se produzca la acción. El resultado producido y percibido entra en un proceso de otro orden que, si bien está condicionado y modelado por las condiciones que generamos, escapa de nuestra capacidad de control debido a la variabilidad de los factores de la percepción propia y ajena.    

5. Volvemos al camino: actuar


Si pensamos ahora en el trabajo del actor podemos señalar, de manera análoga, que el resultado observable de su performance es la acumulación y combinación de varias acciones y estrategias puestas en práctica por él mismo a partir de sus herramientas poéticas y operativas, más aquellas tomadas del dispositivo escénico en el que esté inserto (obra, poética de un director, tradición, etc.). Estos elementos y estrategias son las condiciones operantes, que algunos teóricos llaman “pre-expresivas” y que, como señalamos en la labor del corredor, están comprendidas en el nivel de la expresión, de la integridad percibida, en este caso, por el espectador. Esas condiciones no están escindidas de la totalidad pero tanto el corredor como el actor pueden diferenciarlas en su proceso de trabajo para operar sobre y con ellas. No es la expresividad voluntaria del actor lo que define sus características. El actor genera su expresión de manera indirecta. Muchos espectadores —así como muchos actores y directores— piensan que la capacidad expresiva de un actor es producto de sus intenciones o de su voluntad en un sentido directo. Pero no es así, o por lo menos no lo es en su totalidad. Lo que hace el actor es crear y generar una serie de reacciones dinámicas a partir de formas, calidades, ritmos, tensiones y variaciones espaciales que son las que, compuestas, operarán sobre la percepción del espectador y son las que definen el resultado expresivo. 
Dicho resultado puede ser evaluado desde su eficacia, y en consecuencia, la del actor, pero se puede mal interpretar ésta como una respuesta exclusiva de sus intenciones, de su “querer expresar”, cuando es, en realidad, resultado de las operaciones que realiza. La verdadera tarea del actor (que sí depende de su voluntad) y la que define su capacidad -así como sucede con el corredor- está en generar y sostener las condiciones materiales, concretas y dinámicas de su accionar. Un actor más que ser debe estar en escena. Estar con toda su conciencia y lucidez para elaborar una realidad que sólo puede vivir en tiempo presente.
 

6. Cambio de aire

La idea de personaje puede generar confusión con relación al ser en la escena.
El concepto de encarnar un personaje, un otro, la de “ser otra persona”, es muchas veces, desde mi punto de vista, un concepto mal utilizado. Esa confusión
con asiento en el Romanticismo- pero persistentemente sostenida en discursos y acciones contemporáneas- se apoya en el abuso de la utilización de los sentimientos, las intenciones personales, la identificación personal con el personaje, y en el mal uso por desconocimiento de la naturaleza del funcionamiento de las emociones, como herramientas del trabajo del actor.
El concepto de personaje no está ligado necesariamente a la idea de representación, de identificación con una referencia externa, de reflejo de un otro.
Personaje viene de la palabra en latín persona, que significa máscara, empleada para un personaje teatral. El latín lo tomó del etrusco, phersu y éste del griego πρόσωπον, prospora, máscara. Técnicamente una máscara es un objeto (no necesariamente una máscara literal) con el cual el actor toma contacto y reacciona con su cuerpo-mente. Un texto es una máscara, un objeto es una máscara, una imagen precisa es una máscara. La eficacia de esta re-acción se va a manifestar en un comportamiento que, teniendo como punto de partida el del actor, toma la forma y la dinámica del objeto.
Un actor disponible, en cuerpo y mente, va a ser un canal singular para el objeto. Canal porque va a ser soporte material y vital para el objeto, y singular porque en esa disponibilidad sólo puede partir de su individualidad. 
Un personaje puede ser una aproximación subjetiva a un modelo de persona o de comportamiento externo que opera como referencia pero es, en primer lugar, una construcción original generada por acciones específicas y materiales. El actor debe estar (no ser), con toda su atención y disponibilidad, para el personaje.                                                                                                                      


7. Últimos kilómetros 

Según lo expresado, entonces, estar en escena no se construye desde la intención de estarlo sino a través de acciones concretas que lo posibilitan, las condiciones operantes. Así como el corredor corre accionando sobre el camino de manera múltiple, consciente y complementaria, el actor actúa sobre la escena. Crea, activa y organiza sus imágenes concretas para determinar las calidades y cualidades de la forma, el tempo y el espacio de sus acciones externas; desequilibra la simetría de su cuerpo para desarmar la percepción del otro; construye sistemas de fuerzas opuestas que sostengan su estar de una manera frágil y potente a la vez; retiene y modela su energía, nunca la pierde;  dispone su centro y escucha —sin mostrarlo— su presente total y el de su derredor.  
Las diversas condiciones sobre las que trabaja se despliegan en una danza, homogénea pero múltiple, que intenta cautivar al espectador, estimular sus mundos de representación e incitarlo a “danzar” a partir de las diferentes formas y sentidos presentados.
El proceso intelectual puesto en marcha por al actor en su tarea, más allá de ser requisito, es puro proceso.
El actor desarrolla, como el corredor o cualquier oficiante o artesano, una manera de pensar específica y paradójica, que se define por una acumulación paulatina a lo largo de un período de aprendizaje, entrenamiento o de ensayos. Además, su manera de pensar se restituye como proceso en cada objeto singular que produce -su desempeño en cada función de un espectáculo determinado, por ejemplo-, o en cada una de las partes de esa construcción. Es justamente este proceso de pensamiento específico sobre todos los estratos de su accionar, más un cuerpo disponible a estos estímulos, lo que define su respuesta y su eficacia expresiva.

8. La llegada: estructuras y superficies

Correr, como dije, no es actuar. De hecho, muchas prácticas y ejercitaciones específicas del arte escénico tampoco son actuar. Pero a una actuación completa, que sin duda es un objeto donde la totalidad es más que la sumatoria de los elementos que la conforman, sólo se puede arribar, desde mi punto de vista, a través de éstos, a través de su materialidad. 
Intenté aquí reflexionar sobre los aspectos que conforman el desempeño y el resultado perceptible de un actor a partir del establecimiento de algunas analogías con una actividad que, sin bien puede a veces estar incluida o rozar algunos puntos del arte escénico, no lo define en absoluto, ni es necesariamente constitutiva del mismo. Podría haber planteado esta analogía con otras actividades, circundantes o no al teatro. Pero en definitiva lo que intenté destacar es la relación entre la estructura y la superficie al interior de una actividad determinada, así como la que sucede entre las estructuras o funcionamientos similares en objetos que, en sus superficies, en sus “accidentes”, son disímiles.  Las superficies -aquello que se ve o se percibe en el arte escénico- son muy diversas y se presentan en diferentes niveles, muchos niveles. Pero ¿cuáles son aquellos elementos constitutivos, generales y comunes que soportan la diversidad? ¿Cuáles los mecanismos primarios que ponen a funcionar la “máquina”?
No se trata de ni de reducir ni de igualar. Tampoco de destruir la singularidad de las cosas, los procesos y los sujetos que los producen, en este caso, la singularidad de un actor y su actuación. Se trata de explorar parte de la belleza del funcionamiento de las entidades y la lógica misteriosa de la danza de las formas y de las estructuras que las sostienen; de todo aquello que dialoga para construir lo que percibimos y que define nuestra relación con el mundo. 

Diego Starosta,
Buenos Aires, Julio de 2015


Notas:
(1) …“Y esto es lo que significa todo está en todo; la tautológica de la potencia. Toda la potencia de la lengua está en el todo de un libro. Todo el conocimiento de sí en cuanto inteligencia está en el dominio de un libro, de un capítulo, de una oración, de una palabra”…
(Ranciere, Jacques, El maestro ignorante, ED. Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2007. Pág. 43)

  

(2) “En cambio, es esto lo que quiero mostrar: que no hay nada en el conocimiento que no haya estado primero en todo el cuerpo, cuyas metamorfosis gestuales, posturas móviles, cuya misma evolución imita todo cuanto lo rodea. Nuestro sabor nace de los otros que lo aprenden del nuestro, que de enseñarlo así lo recuerda y de exponerlo lo aumenta, en ciclos indefinidos de crecimiento positivo, en ocasiones bloqueado, sin embargo, por la estupidez de la obediencia. Gestual tanto como receptivo, por tanto activo más que pasivo, óseo, muscular, cardiovascular, nervioso…portador, ciertamente de los cinco sentidos pero con otras funciones que las de canalizar sus informaciones exteriores hacia un centro de tratamiento, el cuerpo recupera así una presencia y una función cognitiva propias, eliminadas por el par sentido-entendimiento, mientras que el mimo, implica la actividad sensorial.
En él reside el origen del conocimiento, no sólo intersubjetivo, sino de igual modo objetivo. No conocemos a nadie ni cosa alguna antes de que el cuerpo tome su forma, su apariencia, su movimiento, su habitus, antes de que entre en danza con su aspecto.” (Serres, Michel, Variaciones sobre el cuerpo, Ed. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2011. Pág. 77)


Agradecimientos: Carmen Campanario, Norberto Wilner, Carlos Fos, Federico Scharger, Mario Stivelman, Daniela Mena y Alejandro Starosta.


miércoles, 29 de abril de 2015

ACCIÓN(ES)


Decálogo técnico para el actor.

Primero. Comencemos por la generalidad, diccionario.
Acción: Palabra que indica que una persona, animal o cosa (material o inmaterial) está haciendo algo, está actuando (de manera voluntaria o involuntaria, de pensamiento, palabra u obra), lo que normalmente implica movimiento o cambio de estado o situación y afecta o influye en una persona, animal o cosa. 

Sigamos en la dirección de la especificidad: Sucesión de hechos o actos relacionados entre sí que constituye el argumento de una narración, obra teatral o película cinematográfica. 
Vamos al grano: En el aprendizaje, en la práctica, en los ensayos o en cualquier situación escénica, la unidad básica y constitutiva del trabajo del actor.

Segundo
La acción (física o vocal) de un actor es un movimiento que tiene una intención precisa. Esa intención precisa toma la forma de una imagen (interioridad, en todas sus dimensiones posibles), un estímulo concreto; por lo tanto una acción es siempre una re-acción. Condición de la acción: ser dual. Un actor más que accionar, reacciona; construye siempre, cadenas de re-acciones. Si no hay re-acción, —no sólo a una imagen interna pues puede también haberla a otros actores, al espacio, a los objetos, a nuevas imágenes, etc.— no hay acción, solo hay gesto vano, movimiento.

Tercero. Una acción puede observarse como energía, capacidad de realizar un trabajo, en el tiempo y en el espacio

Cuarto
. Una acción debe ser real (verdadera), no realista. Un actor crea una ficción verdadera. La verosimilitud de una acción en las artes escénicas no se define en su relación con el significado decodificado por el mundo de representaciones del espectador, sino por la precisión de su dinámica formal y por la singularidad de la imagen interna del actor que la sostiene. Existen sobrados ejemplos de acciones realistas y naturalistas, o referidas a un modelo de comportamiento cotidiano, que no son verdaderas, que no “suceden”; así como de acciones “no figurativas”, por llamarlas de alguna manera, que agitan y erizan todo nuestro aparato sensible, y, por supuesto, los casos contrarios.

Quinto. Una acción posee tres momentos distinguibles (dramaturgia de la acción): impulso, casi siempre de sentido contrario a la dirección principal de la misma, donde la energía se reúne para proyectarse en la continuidad; desarrollo, donde ese impulso inicial se expande como forma en el tiempo y en el espacio; y suspensión: una acción no finaliza porque si lo hace, muere, pierde su energía; una acción se suspende, detiene su forma externa pero su intención interna sigue proyectando la vida que alimenta su materialidad hasta que se funde con el inicio de otra acción.

Sexto. Estructura/ escritura en espejo:
Una acción funciona como una unidad homogénea, producto del hacer de un actor, que está constituida por diferentes niveles de organización que operan sobre los diferentes niveles de organización de la percepción de un espectador, provocando una o más respuestas homogéneas. 
Básicamente, estos niveles de organización se refieren al cómo, la forma, y al qué, el significado, de la acción.
Observación al respecto: Vivimos en una cultura del “significado”, y por lo tanto, podemos observar un desbalance a favor del mismo en las artes escénicas. El teatro, la danza y demás artes del escenario, están incompletas si no le conferimos a las acciones el debido equilibrio entre su nivel dinámico y su nivel narrativo. Si las acciones solo se valorizan por la operación del significado en el espectador, entonces la esencia de lo teatral esta perdida. Lo que define “lo escénico”, la pura materialidad teatral, en una acción es su valor dinámico, su presencia viva hecha de “una multiplicidad plástica de fuerzas que pulsan en la textura sensible del espectador”. 

Séptimo. Los niveles dinámico y narrativo de una acción no existen aislados para el espectador. No existen, en realidad, aislados en ninguna instancia pero el actor, en su proceso de aprendizaje, práctica o ensayo, aprende a realizar una diferenciación ficticia fundamental para la comprensión de la totalidad de su trabajo.  

Octavo. Acción/ iceberg. La acción involucra siempre a todo el sistema que la sostiene. Así, la acción física más pequeña que pueda realizarse involucra a todo el cuerpo pues esa acción mínima implica, en un nivel imperceptible, toda la tonicidad muscular del mismo.
Un esqueleto impalpable, que comienza en la gramática que los pies construyen a partir de la fuerza de gravedad, recorre al actor hacia su centro, para proyectarse desde allí hacia la periferia de su expresividad.
Una acción es arcilla en las manos (en todo su cuerpo-mente, en realidad) del actor, quien define las caras apreciables de la misma para tallar la percepción del observador.

Noveno. Geometría de una trama. Una acción se relaciona con otras en sentido horizontal y consecutivo, y simultáneamente, con otras distintas en un sentido vertical y múltiple. Una acción determinada, conforma junto con otras de su misma naturaleza, una progresión en el tiempo que define uno de los  planos (de los distintos posibles) que constituyen el accionar total de un actor. Ese plano se relaciona, a su vez, con otros planos a partir de acciones que operan de forma vertical para tejer el entramado entre los mismos.
Las acciones son consecutivas y múltiples.

Décimo. Final. Aclaraciones. Este orden no define la jerarquía de los puntos esbozados. Todo lo referido aquí vale para todas las acciones (físicas y vocales) de un actor. Donde digo actor, debe leerse actor/ actriz/ bailarín/ bailarina/ performer / artista escénico en general. Las diferencias de las operaciones de las acciones en lenguajes disimiles va a estar dada por la diferencia de grado entre los componentes mencionados, y no por la presencia o ausencia de alguno de ellos.

Diego Starosta
Buenos Aires, Abril de 2015


Foto: © Carlos Furman

lunes, 19 de agosto de 2013

DIÁLOGOS / UN TEATRO RADICANTE


Diálogos / Un teatro radicante

A propósito de la publicación del libro Los pies en el camino / 15 años de la compañía El Muererío Teatro.


En 2011, El Muererío Teatro, la compañía que fundé para desarrollar y enmarcar mis actividades teatrales- producción y representación de espectáculos, docencia e intercambio- cumplió 15 años. La conciencia del tiempo en este recorrido teatral ligada a una idea de festejo surgió un tiempo antes del mismo simplemente como un mojón de reflexión en medio de la carretera; una especie de parada en pulpería para este derrotero teatral que me tiene al galope desde entonces. Y es que más allá de este número redondo, que contiene cierto peso ya, porque, por ejemplo, la decena no mereció ninguna seña particular, siempre anduve -desde el principio-, con un ojo en el hacer y con el otro en el camino. Siempre haciendo y observando a la vez ese hacer; con una “segunda mirada” al decir -o al escribir- de Gregory Bateson(1).  Porque al margen del sentido observacional de la mirada como base para la reflexión evolutiva de mi propio desarrollo técnico y creativo, opera el sentido ontológico de la misma que define al objeto como camino, como andar. Mi actividad teatral se define a partir de la huella que va dejando, y se define caminante porque, por encima de lo que podríamos describir como la “acción objetiva”, puedo dar cuenta de ella con conciencia y con un relato subjetivo. Acción y auto-observación construyen dialécticamente el avance en el tiempo de los objetos definidos como el resultado de mi hacer. (Obras, clases, actividades pedagógicas, escritos, etc.)
 

Nicolas Bourriaud, en su libro Radicante(2), plantea, dentro de un análisis que se organiza en torno a los problemas del multiculturalismo, la posmodernidad y la globalización cultural, la noción de sujeto radicante: termino extraído de la Botánica que designa un organismo que hace crecer sus raíces a medida que avanza. En contraposición a la idea de raíz, radical, presente en los manifiestos artísticos (o políticos) de la modernidad, que pretendían, por un proceso de depuración, hallar de nuevo su esencia o presentar el mundo a partir de principios únicos liberadores, y a diferencia del modelo del rizoma, también botánico, de Deleuze y Guattari(3) , donde cada punto esta conectado con otro, Bourriaud define el Ser radicante:
 

Poner en escena, poner en marcha las propias raíces en contextos y formatos heterogéneos, negarles la virtud de definir completamente nuestra identidad, traducir las ideas, transcodificar las imágenes, transplantar los comportamientos, intercambiar en vez de imponer…Tal proceso de obliteración pertenece a la condición del errante, figura central de nuestra era precaria, que emerge y persiste en el seno de la creación contemporánea. A esta figura la acompaña un dominio de formas, el de la forma-trayecto, y un modo ético: la traducción.” (4)
 

Al avance de mi accionar en el territorio del arte escénico, materializado en la praxis de la compañía El Muererío Teatro a los largo de todos estos años, y determinado por la observación que señalé mas arriba, lo defino ahora radicante. Mi teatro fue construido y es construido a cada paso. El Muererío Teatro encarna una identidad singular pero una que se ha definido hasta ahora, y se va definiendo, en el hacer y en el andar: Las raíces existen pero, como señala Bourriaud, están puestas en marcha y confrontadas con los elementos propios que acarrea cada nueva experiencia que surge en el seno de la compañía, cada objeto que escupe esta maquina impulsada por energía humana.(5)

“Lo radicante difiere así del rizoma por sus insistencia en el itinerario, el recorrido, como relato dialogado, o intersubjetivo, entre el sujeto y las superficies que atraviesa, en que se arraiga para producir lo que se podría llamar una instalación: instalarse en una situación, un lugar, de manera precaria; y la identidad del sujeto no es sino el resultado provisional de esta acampada, en que se efectúan actos de traducción.” (6)

 
El sujeto Muererío, ha producido diferentes acampadas: obras, actividades pedagógicas diversas, encuentros, intercambios, escritos. Estas “traducciones” no han sido más que instalaciones momentáneas de una esencia que se manifiesta en acto y que existe solo en el recorrido. Aparece la paradoja: existe “un algo” sustancial en El Muererío Teatro, un núcleo primordial definible, distinguible en cada objeto creado, pero esa sustancia esencial solo se define a partir de la puesta en marcha y la sucesión de acciones y reflexiones producidas.


“La traducción es, por esencia, un desplazamiento: hace que el sentido de un texto se mueva, de una forma lingüística a otra, y manifieste estos temblores. Al transportar el objeto del que se apropia, sale al encuentro del Otro para presentarle algo ajeno bajo una forma familiar” (7)


De esta manera, cada objeto producido por la compañía es una traducción puesta en acto de una sustancia que adquiere diversas formas (aquello que es particular de cada uno de los entes producidos) por los accidentes circunstanciales.(8)

Libro: De la memoria subjetiva al sentido político

Como consecuencia de las ideas para celebrar los primeros 15 años de la compañía y de la práctica auto-observacional, surgió e 2010 la propuesta de materializar una nueva traducción de la “sustancia Muererío”, en este caso a un soporte editorial: un libro-objeto. ¿Qué mejor cuerpo para una memoria y balance? Para re-pasar, re-pensar, cerrar, celebrar, y poder, de sea manera, seguir adelante. Andar es re-fundarse constantemente y un libro sería un pie bien contundente (un pisotón) para poner el siguiente, y seguir en el camino.
Por otro lado, si una de las particularidades de lo teatral es su carácter efímero, un libro tiene, a mi entender, la virtud de propiciar una memoria material, que sin ser reproductiva, puede estar muy próxima al objeto original. Pero esa virtud se duplica si pensamos que el papel político del arte contemporáneo puede residir, entre otros, en el enfrentamiento con una realidad escurridiza que aparece bajo la forma de imágenes genéricas que pretenden escapar a toda posibilidad de una visualización que no este controlada por la comunicación masiva.
Construir esta memoria material a través de un libro –objeto es, de algún modo, intentar aprehender algo de lo efímero y realizar una acción que podríamos definir como contra-cultural porque funciona en el sentido opuesto a un contexto comunicacional virtualizado donde las imágenes y los discursos devienen muchas veces furtivos por la fugacidad y por la masividad en la que se encuentran expuestos.

Una forma-trayecto

El objetivo fue, ya desde el comienzo del proceso, junto a Mauro Oliver- co-autor del libro-, plasmar una línea cronológica que diera cuenta de cada una de las actividades desarrolladas a los largo de todos estos años por la compañía, y que se completara con los escritos que elaboré sobre los procesos creativos de casi todas las obras estrenadas, más algunos escritos teóricos generales de cuño propio sobre el arte de la actuación. Un contenido archivista y ensayístico al mismo tiempo. Pero así como éste se definía por el contenido, así lo queríamos definir a partir de la forma.
Poner en forma los contenidos del libro que construían un trayecto histórico (temporal) seria trabajar sobre la materia (espacial); generar un programa de “traducción” para crear un objeto que no solo fuera soporte gráfico para conceptos e ideas expresados en palabras, sino que encarnara su esencia. Una forma para sostener el relato de un trayecto, una forma-trayecto, definida así por el racconto historiográfico y, al mismo tiempo, por el desplazamiento de los modos operativos y discursivos propios de la sustancia Muererío aplicados en otros objetos ya producidos, a un soporte libro.       

Dramaturgia del objeto- libro

La esencia de los objetos producidos por El Muererío Teatro se desprende de un modo operativo, referido a la composición, que se podría resumir en la noción de estratificación. Esto significa pensar y operar sobre el objeto desde el reconocimiento y la definición de los estratos que lo componen. A partir de la construcción y descubrimiento de las lógicas singulares de cada plano puedo generar más bases y herramientas para trabajar luego sobre la composición general. Lo que persigo con esta individualización de “las partes” en el proceso de entramado, es poder particularizar y profundizar cada una de ellas para intentar desplegar un juego de tensiones con el objetivo de mantener viva la percepción total de un observador/espectador a partir de una multiplicidad simultánea de estímulos. Por supuesto, esto implica una “ecualización” de los diferentes planos (frecuencias) que juega un rol determinante en el trabajo de composición de una obra, y que a mi entender, es el aspecto que termina definiéndola.
Cuando comenzamos a trabajar en este proyecto editorial,  lo primero que hicimos fue tratar de definir que tipo de libro queríamos realizar y por qué.
Ya desde la apertura del trabajo, estaba claro que ésta y otras preguntas, aún siendo simples, eran no solo necesarias sino fundantes. ¿Qué era el libro? ¿A quién estaba dirigido? ¿Cómo seria darle valor público y general a un relato particular sobre el hacer teatral? ¿De qué manera se organizaría el material reunido? ¿Qué formato debía tener el libro y por qué? ¿Cuáles serían sus materiales? ¿Cómo lo produciríamos? ¿Por qué un libro-objeto en la era digital?
No estábamos buscando recopilar y editar un material ya existente sino re-crear, y por lo tanto re-significar el contenido de un relato sobre el hacer. El libro tenía que ser pensado como una obra en sí misma; había que elaborar una dramaturgia general a partir del entramado de las dramartugias particulares de cada plano de información,  es decir, pensar una maniobra de estratificación.
Esto involucró un análisis, donde se definieron los planos con los que íbamos a trabajar como resultante de los conceptos, ideas y objetivos planteados para el objeto, y una aplicación- etapa mucho más empírica- donde se probaron y desarrollaron los recorridos singulares de cada plano y su relación y tejido con las demás partes.
A partir de la determinación del título de la obra y del concepto general asociado precisamente a esta idea de camino, recorrido, proceso, línea histórica, etc., pudimos definir el trazo referido al avance horizontal en el relato del texto. Sobre la base de esta “línea de avance”- una cronología ordenada desde la fundación hacia el presente- fuimos construyendo el relato general del libro a partir del entramado de los diferentes estratos de acciones.
La organización de los contenidos, la organización gráfica de las palabras, el recorrido de las imágenes y piezas gráficas, el recorrido cromático, los elementos gráficos de señalamiento de lectura, son algunos de los planos dramatúrgicos (estratos de acciones) que componen el objeto,  pero que responden, al mismo tiempo, a lógicas singulares, y hasta disímiles. En la práctica del trabajo con Mauro Oliver, fuimos diseñando el libro página por página y en un sentido total, pero con una clara noción del funcionamiento simultáneo de las diferentes líneas de discurso. Así, cada elemento que aparece en el libro tiene un desarrollo- un avance- que tiene como premisa principal la idea de una variación paulatina que va operando sobre sí y sobre el conjunto. En general fueron todos elementos resultantes de justificaciones compositivas, pero aun los introducidos arbitrariamente, encontraron su “razón de ser” como consecuencia de esta lógica de evolución.

Final: El viaje constante

Quisimos que el libro estuviera y avanzara; que trasladara pero que dejara ver los pies, uno a uno, a cada paso; que pesase y cayera con la fuerza de su materialidad pero luchara contra la gravedad desde el itinerario que plantea; intentamos que enfocara y dirigiese la atención pero al mismo tiempo la liberara, la multiplicara a partir de la danza de sus texturas, colores, signos, y sentidos.
Este libro es el relato de un viaje pero es también un viaje en sí mismo. Nunca busqué llegar a ningún lado, siempre procuré viajar montado en mi trabajo. El fin es el proceso, el viaje.
Este libro es una singularidad superficial pues su formato es original en mi recorrido, pero su esencia responde a una continuidad.
Si el sujeto Muererío se define a partir de las superficies que atraviesa y la traducción se presenta como el método para lo diverso, como el acto ético central del “viajante nato” capaz de percibir lo diverso en su intensidad, el libro es una nueva y particular superficie atravesada, y nosotros- Mauro, todos los colaboradores de este proyecto y yo- somos viajeros que logramos volver a nosotros mismos luego de haber atravesado lo diverso.

Diego Starosta.
Buenos Aires, Agosto de 2013.


Notas
 1 Bateson, Gregory (1972). Pasos hacia una ecología de la mente: colección de ensayos en antropología, psiquiatría, evolución y epistemología. Ballantine Books.
  2 Bourriaud, Nicolas (2009). Radicante. Adriana Hidalgo Editora. Buenos Aires.
  3 Deleuze, Gilles & Guattari, Félix (1985). Capitalismo y esquizofrenia 2. Mil Mesetas. Ed. Pre- textos. Valencia. España.
  4 Bourriaud, Nicolas (2009). Radicante. Adriana Hidalgo Editora. Buenos Aires. Pág. 22.
  5 Oliver, Mauro. (2006) Inédito.
  6 Bourriaud, Nicolas (2009). Radicante. Adriana Hidalgo Editora. Buenos Aires. Pág. 62.
  7 Bourriaud, Nicolas (2009). Radicante. Adriana Hidalgo Editora. Buenos Aires. Pág. 60
  8 Me refiero aquí a la acepción aristotélica del concepto de accidente.
Aristóteles. Metafisica. Editorial Espasa Calpe, Madrid (1997) Pág. 166


Bibliografía
- Aristóteles. Metafisica. Editorial Espasa Calpe, Madrid (1997)
- Bateson, Gregory (1972). Pasos hacia una ecología de la mente: colección de ensayos en antropología, psiquiatría, evolución y epistemología. Ballantine Books.
- Bourriaud, Nicolas (2009). Radicante. Adriana Hidalgo Editora. Buenos Aires.
- Deleuze, Gilles & Guattari, Félix (1985). Capitalismo y esquizofrenia 2. Mil Mesetas. Ed. Pre- textos. Valencia. España.

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